Olvídese de la noción simplista de que el crecimiento económico acaba por curar la deforestación, este estudio echa por tierra ese mito al demostrar que los bosques del ASS siguen una trayectoria mucho más traicionera: una trayectoria en forma de N invertida en la que la destrucción en las primeras fases da paso a una recuperación parcial en los niveles de renta media, sólo para estrellarse en una nueva degradación en los niveles de renta más altos, impulsada por el consumo, la expansión urbana y la integración en el mercado mundial. Al integrar la inversión extranjera directa en el análisis, la investigación demuestra que las entradas de capital no son ni intrínsecamente destructivas ni benignas, sino que más bien funcionan como catalizadores condicionales, donde una gobernanza débil amplifica la pérdida de bosques, mientras que una regulación creíble puede en realidad cambiar los puntos de inflexión del crecimiento y amortiguar los ciclos de deforestación. El argumento más demoledor del estudio es que los bosques no son víctimas pasivas, sino escenarios activos de tensión, que sirven al mismo tiempo como salvavidas ecológico, base de los medios de subsistencia y fuente de ingresos fiscales, un papel que hace que las puras fantasías de conservación sean tan erróneas como las políticas de crecimiento sin restricciones.